Inconsciencia

El mundo anda sin rumbo; las personas, perdidas dentro de sus propias vidas. Guiados como si de robots nos tratáramos, hacemos lo que está pautado, aquello que debemos hacer cada día, sin preguntarnos por qué lo hacemos. Y si en algún momento se nos ocurriese interrogarnos acerca de esto, nos conformaríamos con responder que hacemos lo que hacemos porque es lo mismo que hemos hecho siempre. ¿Y por qué lo hemos hecho siempre? Porque nos han educado así, porque todo el mundo lo hace así. ¿Y por qué…?

Así podríamos continuar hasta que llegaríamos a un por qué sin respuesta aparente; sin embargo, creo que poca gente pierde el tiempo en cuestionarse las cosas de este modo, y a qien lo hace, se le ve como a una persona demasiado fantasiosa que cree poder resolver las más grandes de las cuestiones.

Por tanto, como persona fantasiosa y curiosa que soy, me hago preguntas y pienso en el poco tiempo que dedicamos a aquello que nos gusta, y en la enorme cantidad de este recurso tan codiciado que empleamos en llevar a cabo todas esas tareas que realizamos automáticamente, sin pensarlas demasiado. Pienso en que ese es el motivo por el que la mayoría del mundo occidental es infeliz.

Y mientras el mundo corre enloquecido, mis ojos observan…

INCONSCIENCIA

Hoy vuelvo a volcar mi cuerpo en el mismo desierto de siempre,
en el que la nocturnidad es el estado perpetuo;
cada vez más frío, más extenso y más solitario;
ni siquiera al aire le apetece pasar por allí.

A pesar de todo, mi mente consigue evadirse,
baja el telón ante mis pupilas,
y comienza mi espectáculo privado.

Viajo a lugares que no existen,
transladándome de maneras antigravitatorias,
viviendo vidas de seres que no son yo.
Cada vez más lejos del suelo, más lejos del planeta,
de la galaxia, del Universo…

La alarma está sonando!
Me arranca repentinamente de mi escenario interior.
Llego tarde a ese trabajo que ando buscando!
Pierdo ese autobús que nunca ha llegado!

Esta es la realidad del mundo:
no hay tiempo para imaginar,
solo se puede correr.
Correr tras el metro que se va,
tras nuestros sueños que con él marchan,
perdiéndose engullidos por la espesa oscuridad,
guiados velozmente por las entrañas de la ciudad.
Correr para adelantar a quien sabe observar,
para llegar antes que nadie a nuestra ruina diaria,
para deprimirnos los primeros.

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